Nota: este artículo está escrito tal y como salió publicado en La Provincia, hasta el último guion y la última coma. Traductores Tengo en mis manos el último libro de la escritora americana Mary Higgins Clark y en un acto reflejo -que se repite cada vez que leo un libro de autor extranjero traducido- he comprobado en la página de créditos el título original de la obra. Como era de suponer, se lo han cambiado, convirtiéndolo en un auténtico híbrido. No sé con qué criterio actúa esta gente que mueve el mundo de las traducciones literarias y de los doblajes de películas, ni qué libertad les permite ejercer impunemente el derecho de cambiar, tergiversar, falsear, y en una palabra, españolizar todo tipo de títulos, expresiones y diálogos. No importa que la acción tenga lugar en China, en Italia, o en Estados Unidos. Todos los personajes hablan igual, utilizan idénticos términos y practican una absurda mimesis que recrea en todo momento el modo de hablar de nuestro inefable país. Claro ejemplo de ello es una frase de la novela en cuestión en la que un carismático arquitecto de Manhattan, americano él por los cuatro costados, exclama sin el menor rubor –por parte del traductor, claro: ‘No importa que sólo me queden cuatro duros para volver a empezar’. Apabullante, realmente. ¡Qué forma tan magistral de ambientar al lector, de hacer creíble una situación determinada! El traductor no habla de dólares o centavos, no. Al enfrentarse con el término coloquial bucks lo traduce alegremente por duros, seguramente para evitar que algún españolito, ignorante del nombre de la divisa norteamericana, le resulte difícil caer en la cuenta de que el personaje habla de dinero. O tal vez nuestro hombre, arrastrado por su sapiencia, haya asociado el dólar con el duro español, ya que no debemos olvidar que aquel se basó en éste a partir de 1776, fecha en la que empezó a circular como unidad monetaria de E.U.A. y que el nombre dólar proviene del thaler o ‘peso duro’ que dio origen a nuestro castizo duro.
Podría poner infinidad de ejemplos como el que ahora me ocupa. En la era del D.V.D. tenemos oportunidad de comparar el idioma original de una película con los subtítulos añadidos en varias lenguas, y tristemente he de confesar que en la castellana aparecen transgresiones del original verdaderamente aberrantes, españolizando sin control los giros y las expresiones peculiares de cada idioma que constituyen la idiosincrasia y la riqueza lingüística de una país. Se me dirá, con razón, que hay expresiones intraducibles. Pues si verdaderamente son intraducibles entonces creo que el mejor camino es, simplemente, no traducirlas. Y, si de literatura se trata, bastará con poner una llamada al pie de página explicando la imposibilidad de la traducción e ilustrando al lector acerca de la construcción o del giro de la frase en el otro idioma. Así se evitarán traducciones plagadas de desatinos, se respetarán los textos originales de los autores al no utilizar frases que ellos jamás dijeron o escribieron y los lectores aprenderán algo nuevo que les servirá, confío, en la inefable Europa del euro donde los ciudadanos que antes hablaban tres idiomas ya van por cinco o seis. Con excepción de los españoles, claro.
Rosa María Medina Las Palmas de Gran Canaria Para volver al artículo propio, pulsa aquí.
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